jueves, 29 de noviembre de 2007

el último tramo...


Es pronto y el frío arranca la piel de mi nariz. Camino hacia el trabajo. Y me encuentro con una imagen que me hace estremecer: una anciana caminando con un taca-taca. Los abuelos en las ciudades están como desnaturalizados, están como vendidos, pienso que sus dificultades se hacen mayores que en el pueblo. ¿Por qué? No tengo una buena respuesta, solo tengo una respuesta de piel, de sensaciones. La ciudad me parece dura para sus jóvenes, así que para los más ancianos debe estar extensa de toda gratitud.
Y me pregunto: ¿Qué harán? ¿A quién tendrán? Veo sus cabezas caídas, con la mirada fija en el suelo, manos temblorosas, inciertos pensamientos, soledad. Y me da angustia que ese tiempo llegue, que me encuentre por sorpresa, que ya no pueda levantar la cabeza y que arrastrando mi cuerpo ya no pueda ni arrepentirme de lo no hecho.

1 comentario:

IVAN dijo...

Es cierto. La ciudad parece deshumanizada. Nadie conoce a nadie. Es curioso que cuanto mayor es la concentración de gente, mayores son las ganas de la gente al aislamiento. En los pueblos es diferente, la gente se conoce, la gente se saluda, la gente parece preocuparse por el vecino. Pero tampoco es tan bonito como parece.